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sábado, 17 de diciembre de 2022
miércoles, 14 de diciembre de 2022
Una conversación con Croquer-Harris
Por Pablo Ángel Gil Morales
He tenido un sueño sobre una pesadilla. En realidad, no era una pesadilla en sí, lo que ha ocurrido es que he soñado con un tema que es para mí como una pesadilla. He soñado sobre la educación. Es un tema que no tengo resuelto y que me aturde, porque me acompaña la sensación de que, aunque estoy jubilado, no cerré de forma satisfactoria mi etapa o mi vida como profesor. No enseñé todo lo que quise. No pude. Creo que no me dejaron. Creo que hice mi trabajo solo a medias, no por falta de ganas o interés, sino por imperativo administrativo; por un freno impuesto desde arriba que rebajó tanto mis aspiraciones educativas que estas no se cumplieron y pasaron a ser, así, apenas torpes bocetos mal trazados de un proyecto más valioso que no pude desarrollar.
En mi sueño hablaba con Croquer-Harris, el profesor de La versión Browning, la obra de teatro de Terence Rattingan. Este drama ha sido representado en muchas ocasiones e incluso llevado al cine. Aunque he leído la obra, solo la he visto en formato cinematográfico y conozco dos adaptaciones: la de Antony Asquith (1951) y la de Mike Figgis (1994). En la primera de ellas el personaje de Croquer-Harris tiene la cara de Michael Redgrave; en la segunda, la de Albert Finney. Prefiero, sin duda alguna, la primera película. A pesar de esta elección, las dos interpretaciones son excelentes. Las dos. Son dos actores formidables y, seguramente por ello, ha aparecido Croquer-Harris en mi sueño con dos caras, porque aunque iniciaba mi conversación con Redgrave, a veces este cambiaba su rostro al de de Finney.
Croquer-Harris
no se ha sentido mejor cuando ha leído mi libro Tizas rotas. Estamos en una salita con un escritorio que debe ser
el suyo, el de la película de 1951, porque incluso creo que el sueño, al comienzo, es en
blanco y negro.
—¿Por
qué has escrito este libro? Yo descansaba muy a gusto y no me ha agradado recordar el pasado.
—No
lo escribí para usted. Es cierto que lo tenía en mente, pero no estaba dirigido
a usted. De todas formas, hablo muy bien de su labor, de su modelo…
—Ahí
es dónde te has equivocado. Yo no soy un buen modelo de profesor.
—No
estoy de acuerdo.
—Déjame
seguir. Yo creo que me centré demasiado en la materia y me olvidé de mis
alumnos. No estuve a la altura en lo que respecta al lado humano de la
educación. Fui demasiado severo con ellos y me merecí el calificativo de "Himmler
del Quinto Inferior".
Ahora
su rostro ha cambiado. Es Albert Finney el que habla para matizar lo que acaba
de comentar el Croquer-Harris de Michael Redgrave.
—Bueno,
más bien Hitler que Himmler —dice Finney. Esto se deberá a que en la versión de
1994, se ha sustituido el sobrenombre de Himmler por el de Hitler.
Me
quedo pensando un poco y paso a contestarle.
—Precisamente
viene muy a cuento esto de cambiar a Hitler por Himmler. Tiene que hacerlo el guionista
de la película de 1994 porque, debido a la merma educativa y a la ignorancia,
el público, el alumnado nuevo, no sabe quién fue Himmler.
Croquer-Harris parece algo perplejo.
—Además
—le sigo diciendo—, cuando usted se despide es aclamado por sus alumnos por su
intervención.
Croquer-Harris duda antes de intervenir y tuerce un poco el gesto. Parece amargado, algo que siempre está presente en la película.
—Fue
porque les pedí perdón. Solo por eso.
—¿Eso
cree usted? Yo creo que no hubiera aplaudido a alguien que me hubiera despreciado o maleducado durante años por el simple hecho de que me pidiera perdón al final.
—La
juventud es generosa.
—La
juventud es generosa, es impulsiva y es fácil que se deje arrastrar por la emoción
en un momento dado, es verdad. Pero el guionista no creo que lo considerara
así. En el fondo pienso que lo aplaudían por su esfuerzo, por la labor de
tantos años…
—Eso
solo mi alumno Taplow, mi admirador. —Es otra vez Michael Redgrave el que
habla—. Además, debes recordar que esta escena no está en la obra original. Es
una aportación de la película.
—Es
cierto. Al leer la obra de teatro vi que no contenía su discurso de despedida.
De todas formas, tiendo a creer que el agradecimiento contempla también su
sacrificio y su seriedad.
—Lo
dices porque así lo quieres creer.
—Necesito
creerlo. Si no hubiera algo de verdad en ello, mi labor como profesor habría
sido completamente inútil.
Calla
y parece rememorar. Es un hombre atormentado. Propone otra escena.
—Me
burlé de los modernos métodos de la psicología educativa. El espíritu humano es
más importante que el Latín que tenía que enseñar.
—Pero
no son cosas incompatibles. Usted llegó a decir que se enseña más con risas que con
excesiva seriedad. Eso no elimina la enseñanza, ni la sustituye por la risa.
Yo también reflexiono sobre mis palabras. He
sido un profesor más bien simpático la mayor parte del tiempo. Ahí no creo
haber fallado. Croquer-Harris sí lo olvidó hace mucho tiempo.
Lo
admiro, pero no tanto por su seriedad como por su rigor. El problema del rigor en la
enseñanza es que, demasiadas veces, va acompañado de distanciamiento afectivo y
se termina por convertir o en aburrimiento para el alumnado o, mucho peor, en
ensañamiento del profesorado.
Croquer-Harris
tuvo una segunda oportunidad, algo tardía. Tras su despedida de la escuela
donde tantos años pasó, se trasladó de centro. Tengo que preguntarle qué tal le
fue. Eso no se trata ni en la obra de teatro ni en las películas.
—¿Cómo
le fue después? ¿Cómo terminó su carrera?
Se
sorprende. Redgrave parece que no lo sabe. Es Finney quien me contesta y, es
curioso, como tantas veces sucede en los sueños, se han desdoblado y ahora
están los dos presentes en la escena.
—Fue
fácil y agradable. Apenas tuve que trabajar o preparar las clases. Me relajé y
dejé que fueran los alumnos los que tomaran la iniciativa.
A
medida que Finney habla, Michael Redgrave parece sorprenderse, como si no
recordara nada o como si no estuviera de acuerdo. Tal vez él no fue capaz de
relajarse y esta iniciativa solo la tomó Finney.
—Bien
poco aprenderían, ¿no? —pregunta el Croquer-Harris de la película en blanco y
negro.
—Bien
mirado, casi nada —contesta Finney en colores—. Pero les llegué a caer bien.
—Te envidio —le contesta Redgrave—. No estoy de acuerdo, pero te envidio.
Me he despertado lamentando dos cosas: por un lado, por ser este sueño una pesadilla sobre el tema educativo; y, por otro, por lo corto que fue el propio sueño. Tengo que vivir con esta contradicción. La misma que tuve que soportar durante mi vida profesional; disfruté solo a ratos y me frustré mucho en una profesión que debía haber sido muy gozosa: el cuidado y moldeado de la juventud.
domingo, 11 de diciembre de 2022
Vídeo de promoción del relato TIZAS ROTAS
domingo, 27 de noviembre de 2022
Homeopatía educativa
Por Juan Rociado
Diluye, diluye y diluye. Es
el camino por el que peregrina la educación actual. Diluir. Diluir hasta el
límite que el ingenuo homeópata, admirado y consagrado como experto, considere necesario. Un
límite y una frontera donde las esencias desaparecen. Diluir hasta que no quede
nada que nos dañe ni que nos cure. En nuestro miedo por herir al tierno niño y, también, al
torpe y larguirucho púber, renunciamos a la sacrificada quimioterapia y a la sangrante
cirugía como remedios educativos. Ya está aquí la consecuencia. El virus de la
ignorancia nos ha vencido. El adulto pacato nos ha invadido e impera por doquier. Pocos peatones circulan ya por la izquierda en la carretera; muchos viejos
lo olvidaron y a los jóvenes ya no se les enseña. La memoria quedó en el
olvido, castigada y humillada por un razonamiento incompleto e ingenuo, muy aparente, de
terrible corrección política: no existe la excepción.
¿Acaso
las máquinas no van por la derecha? Soy una máquina más y avanzo, imparable,
sin mirar atrás y sin intuir peligro alguno. Me avala mi titulación. He seguido fielmente
las instrucciónes recibidas y me he graduado en un mundo maravilloso que me permitirá
servir las mejores croquetas al viajero oriental, ese mismo que se acerca neciamente por el lado equivocado de la carretera.
Juan Rociado es colaborador de Aprendí en el kiosco
lunes, 7 de noviembre de 2022
El Instituto llega al Congreso
Por Miguel Esteban Arándano
Hace unos días ha aparecido extrañamente decorado con papel higiénico uno de los aseos del Congreso de los Diputados, una especie de broma de mal gusto que ha irritado al personal. Hastá aquí todo parece normal, menos lo de la bromita, claro. Pero sucede que algún político -y después otras personas en los medios de comunicación, haciéndose eco de las palabras de este-, ha tildado la situación como más propia de un instituto. Aquí quería llegar yo. Al Instituto.
Antes que nada, y para parecer políticamente correctos, pongámonos ofendidos por unos momentos, que es cosa que se lleva bastante y por cualquier nimiedad. Esto agradará a mucho político con piel muy fina. Vamos allá: ¿Cómo se puede ofender así al Instituto? ¿Acaso nuestros estudiantes se merecen este desprecio por considerar que son tan inmaduros y maleducados como el que esté realizando esta burda broma o gamberrada en el Congreso?
Dicho lo anterior, y cumplida mi cuota de corrección, desarrollo otra idea que me parece mucho más certera y, desde luego, más sincera. Quien o quienes han tildado como propia de un instituto la gamberrada no andan tan descaminados. Nuestros institutos son así y mucho más, la verdad. Y si no, que se lo pregunten al personal de limpieza. Así que lo que el político de turno y muchos otros han comentado resulta una metáfora bastante oportuna. Lo que no nos debiera resultar tan extraño es que estas cosas hayan llegado al Congreso, pues muchos de sus usuarios proceden de nuestros institutos; de esos institutos que la inmensa mayoría de nuestros políticos se han encargado de diseñar y cuidar para resultar tan penosos en sus aseos. Y no solo en sus aseos. Miren los pasillos, los patios y las aulas. Pregunten al personal de limpieza -formado mayoritariamente por mujeres- lo que tiene que hacer a diario para que resulten espacios brillantes o dignos durante un ratito. Solo un ratito. Enseguida llegarán sus usuarios para deslucirlos, no por el mero uso, sino por su desprecio hacia la limpieza y el decoro.
No nos engañemos. Los aseos de los centros educativos siempre han sido escondrijos adecuados para la gamberrada, la pintada obscena, la porquería acumulada y el comportamiento excesivo e inmaduro. Siempre. No ha cambiado en ellos nada desde que yo era estudiante. Incluso en los aseos de las universidades se veían -y se siguen viendo- estas muestras, así que no sé por qué referirse o acordarse tan solo del Instituto.
No me resulta raro lo del Congreso. Me resulta, incluso, tardío. No sé cómo es que no se han producido estas cosas antes, dada la poca categoría de la educación recibida por una gran parte de sus usuarios: una educación limitada, consensuada, acordada, perseguida, menospreciada, esquemática, esquelética, insuficiente, poco humanística, poco científica, banal, permisiva... Una educación de chiste que solo ha logrado que los diputados no se escuchen unos a otros; tan solo permanecen a la espera de su turno de palabra para despotricar sobre el oponente con su discurso. Y a eso lo llaman debate. No tienen ni idea de lo que es un debate o una discusión dirigida. No lo aprendieron en el Instituto porque allí tampoco se estilaba escuchar al profesor. Parece que nuestros políticos aprendieron lo que era debatir viendo programas de telebasura. También aprendieron otras cosas en los institutos; muchas de ellas en los aseos, los pasillos y el patio, está claro; y muy pocas en el aula, ese lugar programado, cada vez más, para ser un mero espacio de expresión juvenil y no un lugar para escuchar al experto.
El Instituto llegó al Congreso hace muchos años y ahora se manifiesta también en sus cloacas. No me creo que haya tardado tanto y, más bien, tiendo a pensar que no nos lo han contado todo sobre el aseo, ese gran lugar para conocer los entresijos y los comportamientos no confesables de más de un político.
Miguel Esteban Arándano es escritor y colaborador de Aprendí en el kiosco
martes, 25 de octubre de 2022
TIZAS ROTAS. Publicación de un relato sobre la vida de un profesor en su instituto.
miércoles, 29 de junio de 2022
Los poemas de José María Santos Blanes
Relatos y poemas desde el cansancio. Ese era el subtítulo original, que se debió extraviar hasta acortarse y obviar el cansancio en el que se instala, a veces, el que escribe. Desde la distancia que separa a ambos géneros, se pueden percibir relatos con pretensiones poéticas y poemas con insoslayable garra vital. Relatos y poemas que nacen del cansancio por lo no logrado y que viven en la creencia de lo mucho intentado —lo que provoca suficiente satisfacción y dignidad—. Son gotas de licores diversos, variopintos, consumidos en ocasiones en compañía del otro y compartiendo sensaciones, apreciaciones y hasta distorsiones de la realidad pretendidamente analizada.
En algún lugar oí o vi escrito que la poesía —y ahora me refiero a los poemas— es asomarse más allá o subir más allá del último peldaño, cuando ya la escalera se ha acabado y es insuficiente. Esta imagen tan vertiginosa me hace pensar tanto en la posibilidad de volar —esto sería la poesía— como en la de darme de bruces con el suelo y… ¿Quién sabe? ¿Callar para siempre?
Callar es lo único que no ha hecho Josemari desde que lo conozco. Es de los mejores habladores que me he encontrado y, entre otras cosas, por eso es mi amigo. Pasar un rato o un día con él es como nutrirte de serotonina, generalmente de aquella que sabe a risa y a sarcasmo, a buen marisco bien cocido y a vino de buena cosecha. No está descrita en los manuales de Fisiología de uso común, claro que no. Está más allá del último peldaño del conocimiento cerebral y se puede adquirir hablando y volando con personas como él.
De
lo que no me habló al principio fue de sus habilidades literarias, aunque fuera
inevitable que, como su oyente, vislumbrara brillos y movimientos parecidos a
los de las luces del Norte cuando un cielo nuboso las oculta. Su charlar en la
escalera, no impedía que las ondas sonoras de su discurso viraran a escondidos
mundos de tristeza y hartazgo que, en el fondo, están dentro del que conocemos,
aunque nos resistamos a transitar por ellos, a volar por ellos.
En
el presente libro hay poemas escritos por Josemari en un determinado periodo
—entre 2012 y 2017— desde su Fernán Núñez natal. No están todos los que
escribió y muchos otros permanecerán en cajones, de esos que albergan papeles
inconclusos y fotografías desenfocadas. De momento contamos con los que aquí se
incluyen, suficientes para embarcarnos en ese vuelo que emprendió hace tiempo y
desde el que nos saluda y recibe. Así pues, propongamos, un guiño: charlar,
callar, brillar… tal vez volar… con Josemari.
Y recuerda la autenticidad observada desde su mirada de niño, que no ha perdido; simplemente, la ha extendido en el tiempo a otros objetos.
nos observaba con atención y sencillez
con su olor característico a viejo campo,
con su lustre y su amor sin exigencias.
Sonriendo y soñando en otro mundo.
Los
relatos se escribieron en el mismo periodo de tiempo señalado arriba, con la
salvedad de la letra para una canción y el referido a la muerte de David —que
son pandémicos—. Esta coincidencia
temporal se me antojó reveladora. En mi corta pero entusiasmada visión, los
propongo no para ir de la mano de Josemari en su vuelo —mi mano no alcanza a la
suya—, sino como postre de fácil digestión, depositado en el maletero de su
nave.
Se podría haber estructurado el libro intercalando los relatos con los poemas, pero aparte de ser tarea difícil por la distinta extensión de unos y otros, se ha preferido presentarlos en dos partes, y la primera de ellas, para llevarle la contraria al título, es la ocupada por los poemas. A casi todos nos suena mejor Relatos y poemas que Poemas y relatos, pero esta conveniente musicalidad no es apropiada para mantener ese orden en el interior del libro por varias razones: la primera, porque el mérito de los poemas así lo merece y porque es la parte principal de la obra; la segunda, porque el alumno debe ceder el paso siempre al maestro; y la tercera, porque la lectura, menos exigente, de los relatos podría proponer un más redondo y rápido aterrizaje al vuelo que está apunto de emprender el lector. En cualquier caso, da igual. Son dos pequeños mundos que en su aparente disparidad guardan evidentes conexiones: desencanto, rabia, arrepentimientos, ironía, miradas perplejas, cansancio, nostalgia y cobardía. También nos une mucho gusto por las buenas películas del Oeste. Esto último es tan genial y tan verdad que no se me ocurre un mejor final para terminar esta presentación, aun a riesgo de no aclarar nada sobre lo que sigue. ¿O sí lo hace?





















