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sábado, 17 de diciembre de 2022

En Navidad, regala un libro

 
Si conoces a maestros, a profesores o a personas interesadas en el mundo educativo, apunta este libro. Les puede agradar.



Editorial DONBUK
Año 2022
Relato
536 páginas
Edición en rústica: 20,99 €
Edición en ebook: 4,99 €
A LA VENTA DESDE EL 23 DE DICIEMBRE
Se puede adquirir en www.donbuk.com o en www.amazon.com
También en librerías





miércoles, 14 de diciembre de 2022

Una conversación con Croquer-Harris

                                          

Por Pablo Ángel Gil Morales

He tenido un sueño sobre una pesadilla. En realidad, no era una pesadilla en sí, lo que ha ocurrido es que he soñado con un tema que es para mí como una pesadilla. He soñado sobre la educación. Es un tema que no tengo resuelto y que me aturde, porque me acompaña la sensación de que, aunque estoy jubilado, no cerré de forma satisfactoria mi etapa o mi vida como profesor. No enseñé todo lo que quise. No pude. Creo que no me dejaron. Creo que hice mi trabajo solo a medias, no por falta de ganas o interés, sino por imperativo administrativo; por un freno impuesto desde arriba que rebajó tanto mis aspiraciones educativas que estas no se cumplieron y pasaron a ser, así, apenas torpes bocetos mal trazados de un proyecto más valioso que no pude desarrollar.

            En mi sueño hablaba con Croquer-Harris, el profesor de La versión Browning, la obra de teatro de Terence Rattingan. Este drama ha sido representado en muchas ocasiones e incluso llevado al cine. Aunque he leído la obra, solo la he visto en formato cinematográfico y conozco dos adaptaciones: la de Antony Asquith (1951) y la de Mike Figgis (1994). En la primera de ellas el personaje de Croquer-Harris tiene la cara de Michael Redgrave; en la segunda, la de Albert Finney. Prefiero, sin duda alguna, la primera película. A pesar de esta elección, las dos interpretaciones son excelentes. Las dos. Son dos actores formidables y, seguramente por ello, ha aparecido Croquer-Harris en mi sueño con dos caras, porque aunque iniciaba mi conversación con Redgrave, a veces este cambiaba su rostro al de de Finney.

            Croquer-Harris no se ha sentido mejor cuando ha leído mi libro Tizas rotas. Estamos en una salita con un escritorio que debe ser el suyo, el de la película de 1951, porque incluso creo que el sueño, al comienzo, es en blanco y negro.

            —¿Por qué has escrito este libro? Yo descansaba muy a gusto y no me ha agradado recordar el pasado.

            —No lo escribí para usted. Es cierto que lo tenía en mente, pero no estaba dirigido a usted. De todas formas, hablo muy bien de su labor, de su modelo…

            —Ahí es dónde te has equivocado. Yo no soy un buen modelo de profesor.

            —No estoy de acuerdo.

            —Déjame seguir. Yo creo que me centré demasiado en la materia y me olvidé de mis alumnos. No estuve a la altura en lo que respecta al lado humano de la educación. Fui demasiado severo con ellos y me merecí el calificativo de "Himmler del Quinto Inferior".

            Ahora su rostro ha cambiado. Es Albert Finney el que habla para matizar lo que acaba de comentar el Croquer-Harris de Michael Redgrave.

            —Bueno, más bien Hitler que Himmler —dice Finney. Esto se deberá a que en la versión de 1994, se ha sustituido el sobrenombre de Himmler por el de Hitler.

            Me quedo pensando un poco y paso a contestarle.

            —Precisamente viene muy a cuento esto de cambiar a Hitler por Himmler. Tiene que hacerlo el guionista de la película de 1994 porque, debido a la merma educativa y a la ignorancia, el público, el alumnado nuevo, no sabe quién fue Himmler.

            Croquer-Harris parece algo perplejo.

            —Además —le sigo diciendo—, cuando usted se despide es aclamado por sus alumnos por su intervención.

            Croquer-Harris duda antes de intervenir y tuerce un poco el gesto. Parece amargado, algo que siempre está presente en la película.

            —Fue porque les pedí perdón. Solo por eso.

            —¿Eso cree usted? Yo creo que no hubiera aplaudido a alguien que me hubiera despreciado o maleducado durante años por el simple hecho de que me pidiera perdón al final.

            —La juventud es generosa.

            —La juventud es generosa, es impulsiva y es fácil que se deje arrastrar por la emoción en un momento dado, es verdad. Pero el guionista no creo que lo considerara así. En el fondo pienso que lo aplaudían por su esfuerzo, por la labor de tantos años…

            —Eso solo mi alumno Taplow, mi admirador. —Es otra vez Michael Redgrave el que habla—. Además, debes recordar que esta escena no está en la obra original. Es una aportación de la película.

            —Es cierto. Al leer la obra de teatro vi que no contenía su discurso de despedida. De todas formas, tiendo a creer que el agradecimiento contempla también su sacrificio y su seriedad.

            —Lo dices porque así lo quieres creer.

            —Necesito creerlo. Si no hubiera algo de verdad en ello, mi labor como profesor habría sido completamente inútil.

            Calla y parece rememorar. Es un hombre atormentado. Propone otra escena.

            —Me burlé de los modernos métodos de la psicología educativa. El espíritu humano es más importante que el Latín que tenía que enseñar.

            —Pero no son cosas incompatibles. Usted llegó a decir que se enseña más con risas que con excesiva seriedad. Eso no elimina la enseñanza, ni la sustituye por la risa.

            Yo también reflexiono sobre mis palabras. He sido un profesor más bien simpático la mayor parte del tiempo. Ahí no creo haber fallado. Croquer-Harris sí lo olvidó hace mucho tiempo.

            Lo admiro, pero no tanto por su seriedad como por su rigor. El problema del rigor en la enseñanza es que, demasiadas veces, va acompañado de distanciamiento afectivo y se termina por convertir o en aburrimiento para el alumnado o, mucho peor, en ensañamiento del profesorado.

            Croquer-Harris tuvo una segunda oportunidad, algo tardía. Tras su despedida de la escuela donde tantos años pasó, se trasladó de centro. Tengo que preguntarle qué tal le fue. Eso no se trata ni en la obra de teatro ni en las películas.

            —¿Cómo le fue después? ¿Cómo terminó su carrera?

            Se sorprende. Redgrave parece que no lo sabe. Es Finney quien me contesta y, es curioso, como tantas veces sucede en los sueños, se han desdoblado y ahora están los dos presentes en la escena.

            —Fue fácil y agradable. Apenas tuve que trabajar o preparar las clases. Me relajé y dejé que fueran los alumnos los que tomaran la iniciativa.

            A medida que Finney habla, Michael Redgrave parece sorprenderse, como si no recordara nada o como si no estuviera de acuerdo. Tal vez él no fue capaz de relajarse y esta iniciativa solo la tomó Finney.

            —Bien poco aprenderían, ¿no? —pregunta el Croquer-Harris de la película en blanco y negro.

            —Bien mirado, casi nada —contesta Finney en colores—. Pero les llegué a caer bien.

            —Te envidio —le contesta Redgrave—. No estoy de acuerdo, pero te envidio.

            Me he despertado lamentando dos cosas: por un lado, por ser este sueño una pesadilla sobre el tema educativo; y, por otro, por lo corto que fue el propio sueño. Tengo que vivir con esta contradicción. La misma que tuve que soportar durante mi vida profesional; disfruté solo a ratos y me frustré mucho en una profesión que debía haber sido muy gozosa: el cuidado y moldeado de la juventud.

TIZAS ROTAS. Treinta y tres años en Secundaria.
Editorial Donbuk
Año 2022
536 páginas
Edición en rústica: 20,99 €
Edición digital: 4,99 €

Se puede adquirir en librerías, en www.donbuk.com y en www.amazon.com



          

domingo, 11 de diciembre de 2022

Vídeo de promoción del relato TIZAS ROTAS



TIZAS ROTAS
Editorial DONBUK
536 páginas
Relato
Edición en rústica: 20,99 €
Edición digital: 4,99 €
A la venta desde el próximo 23 de diciembre en librerías, en www.donbuk.com y en www.amazon.com



domingo, 27 de noviembre de 2022

Homeopatía educativa

 Por Juan Rociado

Diluye, diluye y diluye. Es el camino por el que peregrina la educación actual. Diluir. Diluir hasta el límite que el ingenuo homeópata, admirado y consagrado como experto, considere necesario. Un límite y una frontera donde las esencias desaparecen. Diluir hasta que no quede nada que nos dañe ni que nos cure. En nuestro miedo por herir al tierno niño y, también, al torpe y larguirucho púber, renunciamos a la sacrificada quimioterapia y a la sangrante cirugía como remedios educativos. Ya está aquí la consecuencia. El virus de la ignorancia nos ha vencido. El adulto pacato nos ha invadido e impera por doquier. Pocos peatones circulan ya por la izquierda en la carretera; muchos viejos lo olvidaron y a los jóvenes ya no se les enseña. La memoria quedó en el olvido, castigada y humillada por un razonamiento incompleto e ingenuo, muy aparente, de terrible corrección política: no existe la excepción.

¿Acaso las máquinas no van por la derecha? Soy una máquina más y avanzo, imparable, sin mirar atrás y sin intuir peligro alguno. Me avala mi titulación. He seguido fielmente las instrucciónes recibidas y me he graduado en un mundo maravilloso que me permitirá servir las mejores croquetas al viajero oriental, ese mismo que se acerca neciamente por el lado equivocado de la carretera.

Juan Rociado es colaborador de Aprendí en el kiosco


Tizas rotas. Treinta y tres años en Secundaria. 
Editorial DONBUK 
Relato
536 páginas 
Año 2022
Rústica: 20,99 €
Edición digital: 4,99 €
Próximamente a la venta en librerías, en www.donbuk.com y en www.amazon.com



lunes, 7 de noviembre de 2022

El Instituto llega al Congreso

Por Miguel Esteban Arándano

Hace unos días ha aparecido extrañamente decorado con papel higiénico uno de los aseos del Congreso de los Diputados, una especie de broma de mal gusto que ha irritado al personal. Hastá aquí todo parece normal, menos lo de la bromita, claro. Pero sucede que algún político -y después otras personas en los medios de comunicación, haciéndose eco de las palabras de este-, ha tildado la situación como más propia de un instituto. Aquí quería llegar yo. Al Instituto. 

Antes que nada, y para parecer políticamente correctos, pongámonos ofendidos por unos momentos, que es cosa que se lleva bastante y por cualquier nimiedad. Esto agradará a mucho político con piel muy fina. Vamos allá: ¿Cómo se puede ofender así al Instituto? ¿Acaso nuestros estudiantes se merecen este desprecio por considerar que son tan inmaduros y maleducados como el que esté realizando esta burda broma o gamberrada en el Congreso?

Dicho lo anterior, y cumplida mi cuota de corrección, desarrollo otra idea que me parece mucho más certera y, desde luego, más sincera. Quien o quienes han tildado como propia de un instituto la gamberrada no andan tan descaminados. Nuestros institutos son así y mucho más, la verdad. Y si no, que se lo pregunten al personal de limpieza. Así que lo que el político de turno y muchos otros han comentado resulta una metáfora bastante oportuna. Lo que no nos debiera resultar tan extraño es que estas cosas hayan llegado al Congreso, pues muchos de sus usuarios proceden de nuestros institutos; de esos institutos que la inmensa mayoría de nuestros políticos se han encargado de diseñar y cuidar para resultar tan penosos en sus aseos. Y no solo en sus aseos. Miren los pasillos, los patios y las aulas. Pregunten al personal de limpieza -formado mayoritariamente por mujeres- lo que tiene que hacer a diario para que resulten espacios brillantes o dignos durante un ratito. Solo un ratito. Enseguida llegarán sus usuarios para deslucirlos, no por el mero uso, sino por su desprecio hacia la limpieza y el decoro.

No nos engañemos. Los aseos de los centros educativos siempre han sido escondrijos adecuados para la gamberrada, la pintada obscena, la porquería acumulada y el comportamiento excesivo e inmaduro. Siempre. No ha cambiado en ellos nada desde que yo era estudiante. Incluso en los aseos de las universidades se veían -y se siguen viendo- estas muestras, así que no sé por qué referirse o acordarse tan solo del Instituto.

No me resulta raro lo del Congreso. Me resulta, incluso, tardío. No sé cómo es que no se han producido estas cosas antes, dada la poca categoría de la educación recibida por una gran parte de sus usuarios: una educación limitada, consensuada, acordada, perseguida, menospreciada, esquemática, esquelética, insuficiente, poco humanística, poco científica, banal, permisiva... Una educación de chiste que solo ha logrado que los diputados no se escuchen unos a otros; tan solo permanecen a la espera de su turno de palabra para despotricar sobre el oponente con su discurso. Y a eso lo llaman debate. No tienen ni idea de lo que es un debate o una discusión dirigida. No lo aprendieron en el Instituto porque allí tampoco se estilaba escuchar al profesor. Parece que nuestros políticos aprendieron lo que era debatir viendo programas de telebasura. También aprendieron otras cosas en los institutos; muchas de ellas en los aseos, los pasillos y el patio, está claro; y muy pocas en el aula, ese lugar programado, cada vez más, para ser un mero espacio de expresión juvenil y no un lugar para escuchar al experto. 

El Instituto llegó al Congreso hace muchos años y ahora se manifiesta también en sus cloacas. No me creo que haya tardado tanto y, más bien, tiendo a pensar que no nos lo han contado todo sobre el aseo, ese gran lugar para conocer los entresijos y los comportamientos no confesables de más de un político.

    Miguel Esteban Arándano es escritor y colaborador de Aprendí en el kiosco


 Muy pronto en su librería

martes, 25 de octubre de 2022

TIZAS ROTAS. Publicación de un relato sobre la vida de un profesor en su instituto.

Una primicia de Miguel Esteban Arándano

Con el título de TIZAS ROTAS y el subtítulo de TREINTA Y TRES AÑOS EN SECUNDARIA, se encuentra ya en el mercado el libro de Pablo Ángel Gil Morales. El autor -que ha sido profesor de instituto-, en esta ocasión nos presenta un relato que consiste en una crónica del periplo profesional de un docente de Secundaria. Su experiencia profesional le ha llevado a escribir un texto sobre los aspectos centrales de la profesión en el momento actual. La obra no recoge las consabidas o inevitables anécdotas que cuentan los profesores sobre lo que sus alumnos dicen o piensan, o, al menos, no es esto lo esencial en el libro. La parte principal del relato está, por el contrario, dedicada a anécdotas o a episodios protagonizados por los propios profesores, a sus idas y venidas, a lo que piensan de su trabajo y a lo que les aturde o no entienden.


El relato tiene la forma de narración en primera persona, como su anterior libro. Esta técnica le confiere al relato un gran sabor de autenticidad y, aunque no se trata de una biografía, sí que se inspira en las cosas que el autor llegó a conocer, a disfrutar y a padecer durante su vida docente. 

El autor no ha rehuido de los aspectos menos agradables del quehacer de los profesores en los IES. Así, aparecen en el relato diversas y cuestionables situaciones cotidianas del trabajo de un profesor: las antipáticas y polémicas guardias para sustituir a los compañeros ausentes, la inoperancia de muchos alumnos, la insolidaridad de muchos padres y madres, el cuestionable papel de los inspectores de educación, la retahíla de las poco logradas leyes educativas, e, incluso, los rincones de barbarie e ignorancia pedagógica que existen entre el propio profesorado. 

Precisamente, porque el último punto mencionado no es ignorado ni evitado, es por lo que este texto no merecerá ser tachado de corporativista o de tratarse de un relato de vanagloria o sobre el buen hacer del profesorado. Es, en parte, autocrítico, ya que también dirige su mirada hacia un determinado lugar, el ocupado por aquel sector del profesorado que desempeña con bastante desvergüenza la profesión. Así que no solo trata de defender a los profesores frente a la confusión y deriva de las leyes y normativas educativas actuales, sino que tampoco rehuye señalar las conductas poco profesionales. En sus primeras páginas encontramos este aviso al lector.


La deriva educativa actual es, desde luego, el motivo principal del relato como comprobará el lector a medida que avanza en él; de forma paralela avanza en la crónica del protagonista el mismo sentimiento de impotencia ante la mucha inutilidad de su labor educativa. El libro es un viaje desde la esperanza de los inicios del protagonista hasta el desencanto de su final laboral y creo que el lector entendido o interesado en el tema encontrará bien descrito en el relato el pobre panorama de la situación actual.

Este libro no gustará a mucho profesional de la pedagogía embarcado o comprometido con el sentir oficial de la política educativa emprendida hace varias décadas. A otros pedagogos menos militantes puede que sí les agrade porque encontrarán en él un respeto hacia su profesión que pocas veces les ha sido concedido por gran parte del profesorado. La neopedagogía no es toda la pedagogía, ni mucho menos; igual que la antipsiquiatría no es toda la psiquiatría, por fortuna.
                                                                                  Miguel Esteban Arándano


TIZAS ROTAS
Editorial DONBUK
Relato
536 páginas
Edición en rústica: 20,99 €
Edición en formato digital: 4,99 €

De venta en librerías, en www.donbuk.com y en www.amazon.com




miércoles, 29 de junio de 2022

Los poemas de José María Santos Blanes

  

DOS CABALGAN JUNTOS, amén de título de insigne western —y quizá también por ello—, es la mejor manera de definir la vieja relación que mantenemos los autores de este libro. Amigos, tan coincidentes y tan divergentes como lo son los verdaderos amigos que, más que parecerse a dos gotas de agua se parecen a dos gotas de distintos licores: gotas de diferente sabor, destinadas y brindadas igualmente a cuantos se acerquen a su degustación.

Relatos y poemas desde el cansancio. Ese era el subtítulo original, que se debió extraviar hasta acortarse y obviar el cansancio en el que se instala, a veces, el que escribe. Desde la distancia que separa a ambos géneros, se pueden percibir relatos con pretensiones poéticas y poemas con insoslayable garra vital. Relatos y poemas que nacen del cansancio por lo no logrado y que viven en la creencia de lo mucho intentado —lo que provoca suficiente satisfacción y dignidad—. Son gotas de licores diversos, variopintos, consumidos en ocasiones en compañía del otro y compartiendo sensaciones, apreciaciones y hasta distorsiones de la realidad pretendidamente analizada.

En algún lugar oí o vi escrito que la poesía —y ahora me refiero a los poemas— es asomarse más allá o subir más allá del último peldaño, cuando ya la escalera se ha acabado y es insuficiente. Esta imagen tan vertiginosa me hace pensar tanto en la posibilidad de volar —esto sería la poesía— como en la de darme de bruces con el suelo y… ¿Quién sabe? ¿Callar para siempre?

Callar es lo único que no ha hecho Josemari desde que lo conozco. Es de los mejores habladores que me he encontrado y, entre otras cosas, por eso es mi amigo. Pasar un rato o un día con él es como nutrirte de serotonina, generalmente de aquella que sabe a risa y a sarcasmo, a buen marisco bien cocido y a vino de buena cosecha. No está descrita en los manuales de Fisiología de uso común, claro que no. Está más allá del último peldaño del conocimiento cerebral y se puede adquirir hablando y volando con personas como él.

De lo que no me habló al principio fue de sus habilidades literarias, aunque fuera inevitable que, como su oyente, vislumbrara brillos y movimientos parecidos a los de las luces del Norte cuando un cielo nuboso las oculta. Su charlar en la escalera, no impedía que las ondas sonoras de su discurso viraran a escondidos mundos de tristeza y hartazgo que, en el fondo, están dentro del que conocemos, aunque nos resistamos a transitar por ellos, a volar por ellos.

En el presente libro hay poemas escritos por Josemari en un determinado periodo —entre 2012 y 2017— desde su Fernán Núñez natal. No están todos los que escribió y muchos otros permanecerán en cajones, de esos que albergan papeles inconclusos y fotografías desenfocadas. De momento contamos con los que aquí se incluyen, suficientes para embarcarnos en ese vuelo que emprendió hace tiempo y desde el que nos saluda y recibe. Así pues, propongamos, un guiño: charlar, callar, brillar… tal vez volar… con Josemari.

La temática del hartazgo social es característica de Josemari. A pesar de lo cordial y educado que es en el contacto diario y personal -como lo pueden atestiguar los alumnos que atendió en su pasado de profesor de Lengua y literatura en los institutos por los que pasó-, Josemari no puede evitar su mirada enfurecida y despectiva hacia la injusticia y la desigualdad social, hacia la afrenta indigna del poder y del abuso.

Entonces, ¿para qué las preguntas inverosímiles
y los acuerdos mutuos, sociales y ciertos,
si el ángel de la verdad mucho tiempo hace
que repitió la misma historia, el mismo sentir?

También encontramos en otros poemas la nostalgia y el sueño perdido por determinados pasajes y paisajes que recorrió en su juventud, pero como no lo hace de forma festiva o lisonjera, hay que detenerse bien en su lectura para encontrar en ellos el gozo con el que los celebra.

Y ahora me encuentro muy plácidamente
sentado en la cama, mirando hacia el mar
tan lejos de aquí,
nostalgia de olas de viento y sol.

Y recuerda la autenticidad observada desde su mirada de niño, que no ha perdido; simplemente, la ha extendido en el tiempo a otros objetos.

A veces, mirábamos al lado y, papá
nos observaba con atención y sencillez
con su olor característico a viejo campo,
con su lustre y su amor sin exigencias. 
Sonriendo y soñando en otro mundo.

Josemari, el amigo, el tremendo, el desolado profesor, el alejado, el padre, el marido... el poeta. 

Los relatos se escribieron en el mismo periodo de tiempo señalado arriba, con la salvedad de la letra para una canción y el referido a la muerte de David —que son pandémicos—. Esta coincidencia temporal se me antojó reveladora. En mi corta pero entusiasmada visión, los propongo no para ir de la mano de Josemari en su vuelo —mi mano no alcanza a la suya—, sino como postre de fácil digestión, depositado en el maletero de su nave.

Se podría haber estructurado el libro intercalando los relatos con los poemas, pero aparte de ser tarea difícil por la distinta extensión de unos y otros, se ha preferido presentarlos en dos partes, y la primera de ellas, para llevarle la contraria al título, es la ocupada por los poemas. A casi todos nos suena mejor Relatos y poemas que Poemas y relatos, pero esta conveniente musicalidad no es apropiada para mantener ese orden en el interior del libro por varias razones: la primera, porque el mérito de los poemas así lo merece y porque es la parte principal de la obra; la segunda, porque el alumno debe ceder el paso siempre al maestro; y la tercera, porque la lectura, menos exigente, de los relatos podría proponer un más redondo y rápido aterrizaje al vuelo que está apunto de emprender el lector. En cualquier caso, da igual. Son dos pequeños mundos que en su aparente disparidad guardan evidentes conexiones: desencanto, rabia, arrepentimientos, ironía, miradas perplejas, cansancio, nostalgia y cobardía. También nos une mucho gusto por las buenas películas del Oeste. Esto último es tan genial y tan verdad que no se me ocurre un mejor final para terminar esta presentación, aun a riesgo de no aclarar nada sobre lo que sigue. ¿O sí lo hace?