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miércoles, 10 de junio de 2020

015.- Epidemiología

Este final del pasado febrero de 2020 nos cogió disfrutando del puente de Andalucía en la provincia de Cáceres, en la localidad de Zarza La Mayor. Alquilamos un apartamento en el Complejo Peñafiel y nos dispusimos a conocer y recorrer la comarca, fronteriza con Portugal. Habíamos llegado el jueves día 27, por la tarde. Ese primer día, tras instalarnos en el alojamiento, cruzamos la frontera y conocimos el pequeño pueblo vecino portugués, Salvaterra Do Extremo, donde asistí a una lejana escena de mi infancia: la de un anciano que llevaba un brasero de picón por las solitarias calles. Le preguntamos por el mirador del pueblo y nos lo indicó muy amablemente. Anochecía y fue un hermoso final de jornada, rematada por una sencilla cena en nuestro hotel.



El viernes lo dedicamos íntegramente a Portugal, visitando Castelo Branco y Monsanto. 



A la vuelta, casi de noche, nos paseamos por Zarza, llegando a la Plaza Mayor, donde esta la iglesia de San Andrés. Frente a ella entramos en un pequeño bar para tomar un aperitivo. No tenía público y solo estaba el encargado tras la barra. Escogimos una mesa y nos sentamos a disfrutar de unas cervezas y unas aceitunas. La televisión daba noticias de la epidemia china, los casos en Italia y también de los de España, donde se habían detectado cincuenta y ocho casos ya. Unos días atrás ya se habían desatado los comentarios, aunque el discurso oficial negaba la gravedad de la epidemia. Yo no las tenía nada conmigo y recuerdo que la mañana del día anterior, durante el viaje y desde el coche, había mantenido una corta conversación telefónica con mi cuñada -psicóloga clínica en el Virgen del Rocío de Sevilla- para preguntarle por noticias sobre la enfermedad y calmar algo mi inquietud.

Esta inquietud se había presentado en los últimos días porque se me había fijado en mi mente un dato que yo sí consideraba alarmante. Dicho dato, muy repetido en las noticias, era el siguiente: la mortalidad de la enfermedad estaba en torno al uno por ciento. Este dato, nada tranquilizador por la contagiosidad que se decía que tenía el virus, me obsesionaba, me preocupaba y no me calmaba nada que tras la proclamación del porcentaje se emitiera continuamente la frasecita de "la gripe es mucho peor".

Dada la contagiosidad del virus -y ante los numerosísimos casos de China-, yo hacía la simple cuenta que a nadie parecía preocupar. Creo que esto del uno por ciento tiene un gran valor tranquilizador, siempre que no empecemos a hacer numeritos. Somos cuarenta y siete millones de españoles. El uno por ciento de estos cuarenta y siete millones son cuatrocientos setenta mil personas. ¿Cómo? ¿Cuatrocientos setenta mil? ¿Cuatrocientos setenta mil muertos en España? Inquietante. Se lo dije a mi mujer. Su respuesta fue en el sentido de "Hombre, esto es así si nos infectamos todos los españoles, pero esto no va a suceder". De todas formas, se sorprendió del alto número, pues como casi todo el mundo, no había caído en hacer los cálculos, pues, ya digo, el repetido mensaje del uno por ciento es superficialmente muy tranquilizador, y engaña a la mayoría.

Pues bien, allí sentados en el bar y mientras seguíamos las noticias, entró un cliente que por su desenvolvimiento con el encargado era un parroquiano habitual. Se quedó en la barra y, tras pedir también una cerveza, pasó a prestar atención al noticiario. Había 58 casos de contagio en España. Muy jovialmente comentó en voz alta la progresión de la enfermedad para repetir el mantra oficial con el que nos machacaban todos los medios: "la gripe es mucho peor". En aquel momento se me vino a la cabeza que el individuo era el maestro del pueblo. Fue una intuición sin ninguna base y, aparte de que nunca pude comprobarla, lo más seguro es que fuera equivocada. Pero yo soy así. Trabajo con muchas apariencias y me cuadraba que el tipo fuera maestro por como se comportaba. Aprovechando la ocasión y, prácticamente, su invitación a la conversación, pues esa era la situación, le respondí empleando la argumentación ya mencionada antes. 

-Sin ánimo de discutir, por supuesto, pero yo creo que es mucho peor que la gripe. 

Me miró algo sorprendido y continué.

-Mire, el porcentaje de mortalidad de esta enfermedad es del uno por ciento, según nos dicen. ¿Usted ha hecho el cálculo de cuántos pueden morir en España si nos infectamos todos?

Evidentemente, no lo había hecho. Seguí.

-Si somos cuarenta y siete millones, caeremos cuatrocientos setenta mil.

Se puso muy serio. Seguía callado. 

-Vamos a poner que no enfermamos todos, aunque dicen que es un virus muy contagioso. Vamos a poner que solo enferma el diez por ciento de la población. ¿Qué nos da eso? Nos da cuarenta y siete mil muertos en España.

El candidato a maestro se quedó de piedra. Su mente estaría comprobando los números y, seguramente, yo le estaba fastidiando la cerveza. El camarero también callaba.

-Puedo equivocarme, claro. Pero es lo que de verdad dicen las noticias. No es peor la gripe, ni mucho menos.

El tema no dio para más. Terminamos nuestras cervezas y nos despedimos. Me fui con cierta sensación de liberación dentro de la preocupación que las cifras me daban, ya que no había hablado casi con nadie del asunto, con la excepción de mi señora esposa. También me dio la impresión de que la próxima vez que el maestro o el camarero sacaran el tema no lo harían repitiendo el mantra oficial. 

Al día siguiente, sábado, conocimos San Martín de Trevejo, Trevejo, Hoyos y Robledillo de Gata. 



Por la noche, en el apartamento, asistimos al habitual desastroso debate de la Sexta -donde no se discute de forma edificante, sino que se lanzan pullas a diestro y siniestro- y volví a escuchar los mismos argumentos ignorantes y despectivos con respecto al peligro real del virus. Ya había 79 casos en España. 



El domingo cumplí sesenta y un años. Visitamos Alcántara y, por la tarde, Coria. A la vuelta, en el apartamento nos esperaba un detalle de la directora del hotel: una felicitación de cumpleaños acompañada de una botella de tinto y dos piezas de un rico dulce. Esa noche la cifra de casos en las noticias era ya de una centena.








El lunes, día 2, durante el viaje de vuelta escuchamos en las noticias que había cuatro casos en la provincia de Cáceres, uno de ellos en Coria, donde habíamos estado la tarde anterior.

Han pasado más de tres meses. Las cifras oficiales dicen que llevamos más de veintisiete mil fallecidos. Otras fuentes dicen que llevamos más de cuarenta mil. Según parece se ha infectado el cinco por ciento de la población. No creo que vuelva a ver al maestro en mi vida, pero al igual que yo lo recuerdo, estoy seguro de que no me ha olvidado. Ojalá podamos seguir tomando muchas cervezas. Y ojalá pueda volver pronto a la comarca para disfrutar de su paisaje y su buena gente. 

miércoles, 27 de mayo de 2020

014.- Fútbol sin público en la desescalada

Tras los más extraños días que mi generación ha vivido con este confinamiento para combatir al maldito virus, se vislumbra una cierta luz para retornar a la vida normal, que no va a ser muy normal de forma inmediata. Tanto es así que la llaman horrorosa e inquietantemente nueva normalidad. Como parte del afán de todos los políticos por ser originales y protectores ante el pueblo, no dudarán en usar términos  o inventar expresiones para recordarnos el proceso o el momento social durante el que harán gala de sus logros y triunfos, utilizando una suerte de neolengua al modo en la que nos la brindó Orwell en su obra 1984. Además de la nueva normalidad, nos encontramos en desescalada, como si hubiéramos subido -escalado- a algún sitio y ahora tocara bajar. Que yo sepa, lo que nos toca no es bajar, sino salir. Salir para volver a la vida, a la calle, al bar, a la familia, a los amigos, a la reunión, al trabajo, a la escuela y, el que quiera, al cine, al teatro a al fútbol.

Esta vuelta será poco a poco, por tramos horarios y con límites espaciales en nuestras salidas, paseos e incursiones. Y una de las cosas que más está siendo debatida en los medios de comunicación es el retorno del fútbol.

El fútbol, que desapareció de muchas cabezas durante estas semanas de confinamiento -aunque haya habido quien haya aprovechado para ver torneos de tiempos pasados-, vuelve a estar en el candelero de periodistas deportivos, políticos y aficionados. No sólo el hombre religioso de Spranger retorna poco a poco, como es lógico y prudente, a su iglesia, sino que también lo puede hacer su adolescente o joven deportivo, representado en este caso por el futbolista profesional.

Pero el lento y prudente retorno aconseja que no acuda el público aún a los estadios, no vaya a ser que el dichoso y venenoso virus nos obligue a encerrarnos de nuevo.

¿Y qué va a ser del fútbol sin público? Hay teorías para todos los gustos. Como antiguo profesor de este tipo de materias deportivas, entiendo que una de las constantes históricas del deporte competitivo-profesional es, precisamente, la necesidad de público. El público jalea, opina, anima, apuesta, discute, se divierte y, a veces, hace el idiota o el bárbaro. Sobre esta realidad se ha montado un buen tinglado económico y el deporte espectáculo ya no puede prescindir de la participación del público. Es más, si prescinde, esa especialidad deportiva tiene los días contados como deporte de masas. Ya sé que ni el escalador -ese deportista que sí escala- ni el hombre rana necesitan público, pero eso no son deportes-espectáculo hasta el momento; aunque se haya inventado el rocódromo y con ello se haya vuelto a domesticar el espacio natural, llevando la montaña a un gimnasio, está pendiente el invento del submarinismo en oceanográficos deportivos. Todo llegará, imagino.

La necesidad de público no existe en otros ámbitos deportivos como el recreativo o el educativo, aunque hubo un tiempo, en el inicio de mi profesión, en el que contaba con un molesto público en las clases de Educación Física que impartí en el Instituto Politécnico de Formación Profesional de Sevilla. Este instituto se comunicaba con la Escuela de Ingeniería Industrial y este hecho hacía que transitaran estudiantes, futuros peritos, por las zonas donde mis alumnos se ejercitaban. En más de una ocasión tuve, pues, público no invitado en mis clases, que se comportaba igual que algunos jubilados lo hacen ante una obra.

Como en el fútbol el jugador número doce es el público y como parece que los futbolistas precisan del mismo -lo necesitan tanto como lo desprecian, por otro lado-, el debate de estos días es muy interesante porque ya nos hemos olvidado de que los importantes eran los sanitarios, no los futbolistas. Así que mientras que a los sanitarios les seguiremos pagando y exigiendo lo mismo, la nueva normalidad pasará por ir olvidando e ir volviendo a ser los de antes. ¿Mejores? Lo dudo.

Hay quien propone sustituir al jugador número doce por ruido ambiental, cánticos, bombos y tambores, sirenas, ovaciones... Todo ello para ambientar y estimular el negocio, que lo seguirá siendo debido a los contratos televisivos; contratos que me imagino florecerán aún más para que el opio del pueblo cumpla con su cometido.

Bueno, pues ahí va mi propuesta. Para ser mejores después del confinamiento propongo que se ambienten los estadios con las mismas risas enlatadas con las que nos obsequian en las comedias de televisión. Así, cada vez que un jugador falle, cada vez que la jugada quede en nada, cada vez que el árbitro o el videoarbitraje se equivoquen, cada vez que cada millonario se cabree, cada vez que escupan en el suelo, cada vez que se insulten o se agredan, que suenen las risas enlatadas. Y, ya puestos, que se mantengan las risas enlatadas en el sistema de sonido de los estadios cuando vuelva el público, para utilizarlas también cuando este se enfade o agreda o, cómo no, mi favorito, cada vez que un pobre niño llore por el mal resultado de su equipo y sea enfocado por la vil cámara -o sea, por el Gran Hermano- vigilante de la correcta educación del chaval, emocionado y curtido por los valores del deporte espectáculo.

miércoles, 4 de diciembre de 2019

013.- La versión Browning (1951)

Título original: THE BROWNING VERSION
Año: 1951
Nacionalidad: Gran Bretaña
Director: Anthony Asquith
Fotografía: Desmond Dickinson
Productor: Teddy Baird
Actores: Michel Redgrave, Jean Kent, Nigel Patrick, Brian Smith, Ronald Howard, Wilfrid Hyde White, Bill Travers.
Guión: Basado en una obra teatral de Terence Rattigan.
Género: Drama.
Tema: Un fracaso vital.
Argumento: Los últimos días que pasa en una escuela un profesor que no ha sabido conectar ni con el alumnado, ni con sus compañeros ni con su esposa.
Sinopsis: Crocker Harris es un profesor de latín y griego en una escuela privada inglesa. A sus cincuenta y tantos años, lleva una vida metódica y rigurosa, sin espacios para el humor o la alegría. Está casado con una mujer bastante más joven que él, que no aprecia su labor profesional y que, además, le engaña con otro profesor. Con sus alumnos mantiene un contacto distante y formal, centrado en las tareas académicas y sin interesarse por ellos como personas. Debido a problemas cardíacos, Crocker Harris va a cambiar de destino para ocuparse de tareas menos complicadas. En estos últimos momentos en la escuela, Crocker Harris tiene una serie de encuentros con uno de sus alumnos, con el profesor sustituto, con el profesor amante de su esposa, con ella misma y con el director del colegio. Cada una de estas situaciones es una ocasión para reflexionar sobre los años pasados y sobre su fracaso como persona.

Imagen de la película; el copyright es de los autores originales. La imagen se muestra con fines informativos.

Creo que conocí esta película cuando TV2 la emitió a muy altas horas de la noche, cuando yo daba mis primeros pasos como profesor. Su mensaje sobre la redención de un maestro tradicional -centrado en su saber y en el de su alumnado-, para convertirse en un maestro más moderno, menos exigente y más simpático, caló en mi sesera durante algún tiempo. Eran aquellos tiempos en los que, coincidiendo con la pedagogía buenista e ingenua preconizada por la administración educativa, me centré más en caer bien que en enseñar con rigor y exigencia. Así, aunque el comentario que sigue sobre la película es adecuado sobre su trama, ahora, tras haber concluido mi periplo profesional, pienso que los verdaderos maestros deben parecerse mucho más al protagonista en cuanto a su exigencia -no en cuanto a su antipatía para con sus alumnos; eso no-.


Entrando en la historia que cuenta la película

Existe un paralelismo entre el escaso aprecio personal que la figura de Crocker Harris ha conseguido de quienes le rodean y entre la escasa relevancia otorgada a las humanidades clásicas frente a la emergencia de asignaturas más técnicas o frente al deporte. En efecto, Crocker Harris es una persona seria a la que se trata formalmente y con disimulado desprecio por parte de todos. Hay tres excepciones. El joven profesor sustituto, temeroso ante su responsabilidad, le otorga un inesperado respeto, aunque su torpeza y jovialidad no son las mejores armas para demostrarlo. El alumno Tavlov, romántico y optimista, le guarda una secreta admiración no comprendida ni por sus compañeros ni por el propio Crocker Harris. El amante de su mujer, aprovechado y jovial, le ignora hasta que, por el hastío de su relación con la mujer de Croquer Harris y por el odio de ésta hacia su esposo, empieza a fijarse por primera vez en las cualidades y sentimientos del protagonista.

Crocker Harris se ha enterrado en vida. Ni es apreciado ni deja que le aprecien. A las elegancias de su alumno Tavlov responde con suspicacia. A los comentarios positivos de su sustituto responde con ironías; al acercamiento del amante de su esposa responde con frialdad; a las humillaciones de su esposa, con resignación; al calculado desprecio del director (que le niega una pensión), con estoicismo profesional. Pero todo ello tiene un precio. Crocker Harris no es la persona insensible que pretende mostrar. Conoce los entresijos y las razones de quienes les rodean, justificándolas y asumiendo su propia culpa en el rumbo que ha tomado su vida. Tras esa máscara de frialdad y rigor, Crocker Harris se derrumba y sobrevienen diferentes crisis. Emergen, a su pesar, sentimientos sinceros de pesar y de debilidad que tendrá que asumir ante el resto de una nueva existencia.

La forma de ser de Crocker Harris se nos evidencia en el frío trato hacia sus alumnos, a los que corrige con superioridad y a los que no admite ningún acercamiento. La escena de la llamada a la pizarra a Tavlov muestra la tensión y el temor de los alumnos ante él. La falta de originalidad y la torpeza al despedirse de sus alumnos en la última clase es significativa: no sabe ni cómo despedirse ni qué decirles. Crocker Harris sólo está seguro cuando utiliza su máscara de rigor. No está abierto a los sentimientos. Su vida se centra en el horario, las clases y –excelente escena– poner el reloj del salón en hora. La relación con su mujer se reduce a las discusiones sobre su falta de valía como hombre y como profesor y a los silenciosos contactos que mantiene cuando coinciden a la hora de comer. Este silencio es especialmente impresionante en la escena de la despedida de su mujer: ya no hay nada que decir, ya no hay nada que mirar; ya no hay nada más que el silencio.

Las crisis emocionales de Crocker Harris son comprensibles y hasta esperadas por los espectadores, que van asistiendo a las mismas con la esperanza de que se produzcan porque, en el fondo, conectan con el protagonista y quieren que deje de mostrarse distante y cerebral. La primera muestra de ello es la escena en la que a Crocker Harris le invade el recuerdo del gozo experimentado con sus lecturas de juventud. Le siguen escenas en las que recordará sus primeros años como profesor, cuando aún tenía esperanza en la vida. Hasta que no llega su discurso final no se produce la expiación de su culpa, reconociendo públicamente su fracaso. La interpretación de Michael Redgrave es tan creíble y natural que su personaje parece una persona real. Cuesta creer que estamos ante un actor y no ante Crocker Harris.

La esposa es una persona amargada y desilusionada ante la vida, que presenta una imagen sofisticada y elegante ante todos, excepto ante su marido a quien culpa de sus desgracias y de la falta de cumplimiento de sus expectativas. Al final de la película resulta ser la persona más desgraciada de todas, ya que tiene que asistir asombrada a la incipiente relación de amistad que se establece entre su marido y su amante. Su proyecto vital se reduce a conseguir comodidades y lujos que no le puede proporcionar su marido, por lo que lo trata con inusitada descortesía y con humillante desprecio. Es su forma de vengarse de un hombre que no la atendió debidamente. En realidad no es más que el resultado de una relación basada en las diferencias y no en los parecidos de la pareja. Jean Kent está muy bien.

El amante (Hunter) es un personaje muy bien interpretado. Nos lo presentan en la película, en el momento de la recogida de dádivas durante la misa. Un discreto cruce de miradas entre él y la mujer de Crocker Harris nos informa de la relación que mantienen. Hunter es un profesor mediocre pero que conoce los secretos del trato juvenil. Ignorante y ausente de cultura clásica o de sensibilidad por la literatura, centra su vida en los coqueteos y las aventuras amorosas. Sin embargo, desde el engaño al que somete a Crocker Harris, no entiende la falta de sensibilidad que su amante esgrime contra el marido. En vez de optar por el simple abandono de su amante, parece querer expiar su propia culpa ayudando al marido desechado. Esta actitud sólo es comprensible si asumimos que –como sucede en la película– Hunter asiste, junto a los espectadores, al despertar humano de Crocker Harris, accediendo así al conocimiento de los verdaderos sentimientos de éste. Hay una escena en la película que hoy se rodaría de otra forma: la bofetada que recibe Hunter por parte de su amante no consigue hacerle girar la cara, por lo que parece poco natural. En cambio, sí son muy buenos momentos las escenas que mantiene tanto con Crocker Harris como con Tavlov. Con este último, está especialmente bien en el gesto que hace con la cabeza para que Tavlov se retire ante la inminente crisis de Crocker Harris, a quien quiere proteger de una enojosa escena ante el alumno.

El personaje del director (interpretado por Wilfrid Hyde White, que repite casi el mismo papel que en El Tercer Hombre) es tratado con antipatía. Es una persona superficial, dotado para las relaciones públicas y siempre atento a las más nimias cuestiones. Reparte halagos por doquier, pero niega pensiones y honores a quien se los merece. Ocupado por las apariencias, no repara en humillar a Crocker Harris intentando minimizar su actuación en el acto de despedida del curso. Cínico, pero no ignorante –es de suponer que conoce la auténtica tragedia del protagonista–, se desentiende hábilmente de los problemas de las personas utilizando una diplomacia que raya en la hipocresía. Guardar la buena imagen de la escuela es su objetivo y no tiene ningún reparo en darle mayor importancia al profesor deportista (un palurdo que apenas sabe hablar, interpretado por Billl Travers en un corto pero ajustado papel) que al infeliz de Crocker Harris –que hasta le prepara los horarios.

El personaje de Tavlov es el más inocente de todos y el que es depositario de la esperanza. Vivo, despierto, entusiasta, curioso y... romántico. El alumno que todo profesor querría. Es el personaje que suscita y desencadena las contenidas emociones y sentimientos de Crocker Harris, quien no sale de su asombro ante el agradecimiento de su alumno. “Dios, desde la distancia, mira con complacencia al buen maestro” es la dedicatoria que derrumba la máscara del protagonista, a quien nadie, salvo este inquieto jovenzuelo, ha agradecido nada. También Tavlov será depositario del agradecimiento de Crocker Harris, en la última escena de la película, cuando por fin le comunica sus calificaciones (de forma indirecta, eso sí, no vayan a pensar que el cambio de Crocker Harris es tal que le impide seguir ejerciendo su notable sutileza).

El sustituto representa, desde el máximo respeto hacia el pasado, los nuevos tiempos de la educación. Se presenta con dudas acerca de su capacidad para conservar la “maravillosa disciplina” que podía conseguir Crocker Harris en la clase. Los alumnos lo esperan con simpatía (“por lo menos es joven”). Quiere conocer más del “espíritu humano” que de las clases en latín, a lo que es respondido por Crocker Harris con ironía (“Los modernos métodos de psicología. Sin duda hay mucho que decir sobre eso.”). Esta respuesta de Crocker Harris es tanto parte de su máscara como profesor, como una velada crítica ante la inclinación de la educación hacia el vaciamiento de los contenidos de las materias. Y es que, el punto justo es difícil de señalar.

La película no tiene soporte musical (excepto en la presentación y en el final). Ello contribuye al entendimiento de los diálogos, lo que además concuerda con el origen teatral de la obra. El drama transcurre en pocos escenarios, muy bien captados y fotografiados.


Agamenón y la versión de Browning

Agamenón es una tragedia escrita por Esquilo (458 a. J.C.), en la que Clitemnestra –esposa de Agamenón, rey de Argos– asesina a éste y a Casandra –a la que Agamenón habia traído de Troya como botín de guerra-. Entre las traducciones de esta obra, se encuentra la que el poeta inglés Robert Browning (1812-1889) realizó y que da título a la presente película (La versión Browning es la versión de Agamenón que realizó Robert Browning). El libro que el alumno Tavlov regala a su profesor es éste. Además, el propio profesor Crocker Harris, en su juventud, inició una traducción propia de la misma obra, aunque nunca la terminó.


Otras versiones

Existen otras versiones de esta obra. Una es de formato televisivo y fue protagonizada por Ian Holm. No la conozco, por lo que no tengo datos. Otra es de los años noventa y está protagonizada por Albert Finney. Es en color y se han actualizado algunas cosas (como sustituir el apodo de Crocker Harris –“Himmler” en la versión de 1951– por el de “Hitler” –que resulta más conocido para las nuevas generaciones–). Pienso que es una versión inferior y mucho menos interesante, salvo por el trabajo de Finney.

Detalle.- La obra de teatro de Terence Rattigan acaba justo antes de que Crocker Harris inicie su discurso de despedida. El discurso final es, pues, una aportación de la película a la obra. Muy emocionante. 

jueves, 21 de noviembre de 2019

012.- Los mitos de Cthulhu

Este libro entró en casa de mis padres muy a finales de la década de los setenta. Creo que fue adquirido por mi hermano, y pasó de mano en mano por el resto, excepto por el menor, que aparte de ser más menor que nunca en esas fechas, también era poco proclive -nada proclive, sería más ajustado- a los temas de terror. 


Esta edición de Alianza Editorial es una introducción al mundo que creó Howard Phillips Lovecraft (1890-1937), un mundo vigilado por espantosos seres demoníacos que permanecen ocultos en determinados lugares y que pueden ser invocados a través de distintas cuasi secretas fórmulas o que pueden ser alertados por determinadas e imprudentes indagaciones humanas, bien en lugares apartados de la civilización o bien en ciertos pueblos semiabandonados de Nueva Inglaterra. Esta sencilla propuesta es más que suficiente para desarrollar una serie de relatos por parte de Lovecraft en torno a estos seres, sus descendientes y sus intervenciones para aniquilar al género humano. Para ello, Lovecraft contó con un cierto número de otros escritores que simpatizaron con su propuesta y colaboraron con sus propios relatos sobre esta nueva mitología. Estos escritores se conocen como Círculo de Lovecraft.

El impronunciable nombre de Cthulhu -que hace que cada cual lo pronuncie de forma distinta- hace referencia a unos de los muchos demonios que protagonizan estos relatos, y que sirve para dar nombre a este subgénero de relato o cuento de terror. Hay muchos otros terribles demonios acechando, pero el mérito para nombrar a esta saga se lo llevó finalmente Cthulhu.

Como se trata de una introducción a los mitos -por cierto, magníficamente prologada por el experto Rafael Llopis- el libro cuenta con relatos de escritores que influyeron a Lovecraft, con relatos del propio Lovecraft y con relatos de escritores del Círculo.

Todos estos cuentos y relatos me dieron mucho miedo en su momento. Y me lo siguen dando. Recuerdo, por ejemplo, la inquietud que me produjo El Wendigo de Algernon Blackwood, magistral en su descripción de esa inmensa naturaleza canadiense que convierte en amenazante para el lector; recuerdo también que En la noche de los tiempos me pareció inquietante por su trama y su desarrollo, así como muy originalmente trágica para el destino final de los humanos. Hay varios relatos más que me turbaron y discutíamos, mis hermanos y yo, acerca del que resultaba más terrorífico. No siempre estábamos de acuerdo, pero de estas discusiones salían nuevas ideas que nos servían de excusa para retomar los cuentos y volver a releerlos, para así reevaluarlos y retener detalles no atendidos suficientemente en la primera lectura.

Por supuesto, este libro fue también como el disparo de salida para buscar otros que contenían el resto de relatos de Lovecraft y su Círculo, entre los que encontramos a August Derleth, a Robert E. Howard (que escribió las novelas sobre Conan) y a Robert Bloch (que escribió Psicosis). En la misma colección del Libro de Bolsillo de Alianza Editorial encontramos varios números más que adquirimos en los siguientes meses.

Hace muy poco he adquirido otro libro sobre Lovecraft: un estudio sobre su obra, su vida, su ideología, sus influencias, etc. Está analizado por distintos críticos y profusamente ilustrado. Pertenece a La colección GRAPHICLASSIC, y se llama Lovecraft y los mitos de Cthulhu. Muy recomendable. Me imagino que mis hermanos querrán leerla (tú no, Dani).


He leído bastante sobre terror, pero asustarme de verdad con relatos de ficción, con fantasmas, vampiros o monstruos (y no con crónicas sobre asesinos o serie negra), pocos lo han logrado con la efectividad de Lovecraft y su Círculo. Me imagino que ahora debería darles las gracias, pero no sé si está bien agradecer que te asusten.

martes, 19 de noviembre de 2019

011.- El mejor disco de Rock

Al igual que se suele preguntar por la mejor película o el mejor libro de la Historia, se hace lo mismo con la música o con el mejor compositor. La cuestión nunca se resuelve a gusto de todos, claro. Dependiendo de todas las circunstancias culturales, históricas, biográficas, personales, emotivas, educativas, ambientales y un gran etcétera, daremos una respuesta que, encima, puede ser diferente en diferentes momentos. Así que es inútil perseguir el consenso definitivo sobre estas cuestiones, pues encontraremos, incluso en nosotros mismos, razones para inclinarnos hoy por una respuesta y mañana por otra. Afortunadamente. Afortunadamente, porque somos entes dinámicos y no estatuas rígidas, y porque nuestras almas -sea eso del alma lo que sea- y nuestras esencias son ricas, complejas, y tienen historia y vida. Así que, dicho esto, vaya por delante que mi elección del mejor disco de rock, puede oscilar entre éste y algunos otros más, pues así es mi carácter y así lo acepto y disfruto.

Este disco, Born to run,  apareció en un momento particularmente importante de mi vida. De nuestras vidas, en realidad, ya que comparto con personas cercanas experiencias comunes y episodios sentimentales referidos a la juventud y al despertar ante la vida adulta. Yo, dieciséis años. Otros, quince. Otros, diecisiete. Otros, incluso algunos menos. Es 1975 y escuchamos por las emisoras de radio (sobre todo en Radio Rota) a un desconocido que se llama Bruce Springsteen, que canta con voz desgarrada y con una fuerza atroz unas melodías cargadas de emoción y una propuesta rock en la que van apareciendo progresivamente los instrumentos, unos sobre otros hasta explotar en el momento más álgido de la canción: voz, piano, armónica, bajo, batería, guitarras y saxofón se suman para subir una cuesta musical en cuya cumbre se alcanza el éxtasis, un orgasmo de rock and roll lleno de libertad, descubrimiento y escape del mundo. 

Adquirimos el disco y confirmamos nuestras sospechas. Las letras vienen traducidas por Diego A. Manrique y asistimos a las vidas de sus protagonistas -en parte nosotros mismos, claro-, a sus desenlaces y a sus destinos. Lo hace con lenguaje desgarrado a base de pinceladas y esbozos, no con descripciones cerradas (por eso supimos después que Springsteen intentó ser presentado como un nuevo Dylan). Demoledor. Es la carretera del trueno, la mejor entrada para un disco que habla una y propone una y otra vez la fuga, salir corriendo, no conformarse, soñar y... vivir, gozar, compartir, amar... pero también olvidar y dejar atrás. Así son Thunder road, Night y Born to run. También lo es Backstreets, con evocación de la amistad. She´s the one nos hablar del amor atrapado. Y tanto la espléndida Tent avenue freeze out, de aire soul, como la imponente Jungleland nos describen historias urbanas marginales de sobrevivencia y violencia. Todas las canciones tiene gran fuerza y ritmo, excepto la contenida Meeting across the river, una canción al estilo de Tom Waits que retrata una depresiva y marginal situación sobre deseo y pobreza. Todas son grandes canciones. Todas. Y claro, en el mejor disco rock, la que para muchos es la mejor canción rock: Thunder road.

Este disco lo escuchas a gran volumen, como debe ser. Lo escuchas por la noche, a solas, una y otra vez. Lo escuchas en grupo pequeño, en comunión de silencio; silencio que se hace visible en los momentos en los que asientes con movimientos de la cabeza y los ojos cerrados al ritmo de la declamación melódica de la voz o del instrumento. Eres joven y todo está por venir.


La particularidad del sonido del disco lo hizo diferente. A los tradicionales instrumentos de los grupos rock (guitarras, bajo, batería), se añadieron instrumentos de viento (incluso cuerdas en el último tema, Jungleland) muy presentes, lo que vino a llenar el espacio musical del disco, junto al uso del piano para estructurar la base de los temas, y el acompañamiento de un instrumento, a cargo de Roy Bittan y de Danny Federici, que se iba a constituir en marca de la casa: la lira o armónica de metal, el glockenspiel (también se llama juego de timbres). Evidentemente, los instrumentos de viento y el piano eran usuales en el rock, el blues, en el soul y en los géneros hermanos o padres del rock. Con respecto a esto Springsteen no inventa nada. Es, eso sí, la puesta en escena, en relieve, en primer plano, de estos instrumentos acompañando a la voz, un aspecto de la producción del disco a cargo de Mike Appel, Jon Landau(😃) y el mismo Bruce Springsteen, que utilizaron una suerte de muro de sonido al estilo de Phil Spector que confirió al álbum épica y emoción.

Soy ya muy mayor, pero no ha habido un año que no haya repetido la escucha de este disco. Ha llovido desde entonces. Siempre me ha acompañado y encuentro en él la esencia de la música rock. A pesar de la larga carrera de Springsteen, que siempre he seguido, incluso cuando se hizo mundialmente famoso con The river, con Born in the U.S.A. y con otros éxitos, considero que su mejor trabajo, con diferencia, fue éste.

Enlace: Letras de Born to run

(😃) Jon Landau, antes de productor de Springsteen, fue crítico musical de la revista Rolling Stone, desde donde el año anterior (1974) escribió "I saw rock and roll future and its name is Bruce Springsteen". Un tipo listo donde los haya.

¿Springsteen es el mejor? Bruce Springsteen es uno de mis músicos preferidos en el rock. He asistido a conciertos suyos y la experiencia ha sido siempre formidable, completísima. Entonces, ¿es el mejor al tener el mejor disco? Beatles y Dylan tienen una discografía más completa y compleja. No obstante, ni Dylan ni los Beatles tienen un disco rock como Born to run. Aquí brilló más el Boss. Me gusta pensar que Lennon estaría de acuerdo.

Aún conservo el ejemplar de la revista Vibraciones en el que se presenta al artista y su disco, en artículos de Juan José Abad y de Constantino Romero.

Revista º16 de Vibraciones, enero de 1976.

Un consejo: coge el disco, puedes ponerte los cascos si quieres, toma un whisky, dale al play y sube el volumen. Para otros discos prefiero Cointreau, pero eso es ya otra historia.


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¿Qué dice el Camborio?

Lo primero que escuché de Bruce fue Thunder road. En aquel entonces íbamos a comprar discos a los grandes almacenes SORIANO de Cádiz. Me llamó la atención la portada y lo puse en el tocadiscos para probarlo. Por supuesto, me compré el disco. Grandes canciones con buenos y extensos textos y una magníficas intros que nos preparan para sumergirnos en el universo musical del Boss.

Sin embargo, creo que parte del mérito musical de éste y de otros discos de Springsteen es debido a su banda, la E Street Band, sin cuyo aporte, las canciones no serían lo mismo. No cabe duda de que Springsteen es un gran artista, intérprete y compositor, pero el sonido que resulta de la aportación de la E Street Band es el elemento que eleva algunas de las composiciones a la categoría de obra maestra.

Clarence Clemmons (¨Big man¨).- Saxo potente, sin florituras pero estremecedor.
Max Weinberg ("Mighty Max").- Batería. Ritmo constante con estilo contundente, perfectamente reconocible.
Danny Federici (¨Phantom").- Lirismo en los teclados. El glockenspiel del tema Born to run es él.
Steve Van Zandt ("Little Steven").- Guitarra Strato. Acompañamiento y algunos magníficos solos. Gran amante del Rythm and Blues.
Garry Tallent ("W").- Bajo, Igualmente sin florituras, pero acompañando, rellenando y resaltando donde hay que hacerlo.
Roy Bittan ("Professor").- Gran pianista de rock and roll. Participó junto a Max Weinberg en el disco Bat out of the hell de Meat Loaf(😂).

Si unimos todo esto a un Springsteen en estado de gracia, nos da un disco que hace estremecer al corazón, al hígado y a toda la casquería al completo, en una sinfonía de contundencia, magia, esperanza, amor, poesía callejera y rebeldía: "Porque esta es una ciudad llena de perdedores y yo me largo de aquí para ganar".

Thunder road junto a Rosalita (del album anterior a Born to run) son mis dos canciones preferidas; según el día, la época o el estado de ánimo, elijo una u otra.

(😂) Bat out of the hell es un album que, por su naturaleza intrínseca, hay que escuchar con una botella de Cointreau.
                                                                                                                                           El Camborio

domingo, 17 de noviembre de 2019

010.- Aquellos librocomics de Bruguera

En los años sesenta era muy común encontrar en las librerías un producto infantojuvenil muy apreciado. Se trataba de unos libros de pequeño tamaño (20 x13 cm) que, además del texto escrito novelado, incluían cada dos o cuatro páginas pequeñas viñetas de cómic. Suponían un doble disfrute: primero leía el cómic y después pasaba a la lectura del texto. La trama era la misma, pero el texto aportaba mucho más que el cómic ya permitía desarrollar más la narración y los diálogos de los personajes. Aparte de los textos escolares, estos fueron nuestros primeros libros (míos y de mis hermanos), nuestras primeras lecturas de narraciones, más allá de los cuentos infantiles a base de ilustraciones y pequeños textos, y más allá, también, de los tebeos.

Una muestra de las diferentes colecciones. Véase el detalle de página de texto combinada con otra de comic.

La editorial Bruguera mantuvo varias colecciones diferentes con este formato. La Colección Héroes se centraba en las aventuras de personajes como Tarzan, Rin-Tin-Tin, El Capitán Trueno, Bronco, Bonanza (la serie de TV), Flecha Rota, Furia, David Crockett, Buffalo Bill, Robin Hood o Lassie (consultar más en el enlace https://www.tebeosfera.com/colecciones/heroes_1963_bruguera.html). La Colección Héroes pasó después a denominarse Héroes Selección, seleccionando sólo algunos personajes de la lista anterior y añadiendo otros nuevos como, por ejemplo, Viaje al fondo del Mar o Daniel Boone (se puede consultar en este enlace  https://www.tebeosfera.com/colecciones/heroes_seleccion_1968_bruguera_-linea-.html).

La otra serie interesante, con el mismo formato, era la dedicada a adaptaciones de clásicos de la aventura o de la historia, la Colección Historias, que pronto pasó a ser la Colección Historias Selección (ver enlaces https://www.tebeosfera.com/colecciones/historias_seleccion_1966_bruguera_-linea-.html  y  https://www.tebeosfera.com/colecciones/historias_1955_bruguera.html).

Estos libros venían provistos de sobrecubiertas de papel couché brillante, y en la zona correspondiente al lomo era común presentar a los personajes principales. Se trataba de un producto de gran calidad formal, que llegaron a constituir un gran regalo con el que obsequiarnos en nuestra infancia. Por su buena presentación, estos libros eran expuestos por muchas librerías en sus escaparates, lo que nos entretenía mucho a los chicos en el camino de ida y vuelta al colegio.

Hay quien ha podido conservar estas colecciones y algunos títulos se pueden encontrar a la venta en Internet o en librerías de viejo. Por mi parte no conservo ninguno, aunque hace algunos años encontré un título en alguna feria del libro de ocasión y no pude resistirme a hacerme con él.

Mi ejemplar para el recuerdo.

Bruguera contribuía así a nuestra educación no formal, introduciéndonos en la literatura juvenil con estas adaptaciones de clásicos y de aventuras. Cuando años después pudimos disfrutar con las narraciones originales de Verne, Stevenson o Salgari, ya estábamos advertidos de su interés por colecciones como éstas. Una vez más: Gracias, Bruguera.

martes, 12 de noviembre de 2019

009.- Las series de televisión en los años sesenta

Las series que inician mi educación televisiva pertenecen a los años sesenta del pasado siglo. Entre ellas se encuentran series que apenas son recordadas y/o mencionadas en las tertulias sobre estos temas. Parece ser que el clásico participante en este tipo de programa o bien es más joven que yo o bien desprecia esta década como talentosa o interesante desde el punto de vista televisivo.

Cromos sobre protagonistas y personajes de series de TV en los años sesenta del siglo XX

Entre estas series se encuentran Cheyenne, 77 Sunset Street, Uno más no importa, Bonanza, Caravana, El Virginiano, Viaje al fondo del mar o Los guardianes del espacio. Algunas de ellas se ilustran en los cromos de arriba, que he conservado no sé ni cómo durante estos años. Guardo un grato recuerdo de las mencionadas y de muchas otras y, además, considero que varias se encuentran entre lo mejor que la televisión ha ofrecido. Decir esto puede parecer que se debe más a sentimientos nostálgicos que a razonamientos objetivos, pero creo que no es así. Quim Casas escribió en 2015 un libro de título La vida en serie, y en él recupera más de veinte series de los sesenta, lo que no está nada mal si tenemos en cuenta que, en total, dicho libro contempla setenta y cinco series. Así pues, no estoy de acuerdo con el mantra oficial que se extendió hace más de una década acerca de la superioridad de las series de televisión más recientes. Creo que siempre hubo buena y mala televisión en esto de las series. Que últimamente se hayan producido trabajos inmensamente buenos y, además, dotados de gran presupuesto y de los mejores efectos especiales, no significa que no existieran productos antiguos de gran valor cultural y técnico. No entender esto es como pretender elevar al cine actual por encima del antiguo (entendiendo por cine antiguo al cine mudo, al rodado en blanco y negro, al llamado clásico o, en general, al anterior a los años setenta). 

También hubo bodrios. Y muchos. Sucede que cuando se es exigente hay que convenir que el noventa por ciento de todo es poco relevante. Pasa con el cine, con la televisión, con los libros, con los cuadros, con la música o con cualquier esfera cultural. Si bien la evaluación de la bondad de un producto depende de cada cual -de las circunstancias culturales de cada cual-, resulta razonable pensar que todo el mundo valora según una escala, y guarda la nota más alta de esa escala para los escasos casos que sobresalen del montón, de la mediocridad y de la porquería. 

Pues bien, a lo largo de este blog y alternando con otros productos (libros, pelis, músicas y comics), irán apareciendo entradas sobre algunas de las series de los años sesenta que más me hicieron gozar en aquellos años de aprendizaje en el kiosco (kiosco que, por cierto, me facilitó cromos como los expuestos antes).